Recogida de excrementos

Bolsas, dispensadores y recogedores para las deposiciones del perro.
No es solo civismo: es sanidad
Las heces de perro pueden contener parásitos que se transmiten a las personas, y algunos —como Toxocara canis— resisten meses en el suelo. Los niños que juegan en parques y areneros son la población más expuesta. Recoger no es una cortesía con el vecino: es evitar que eso quede ahí.
Y en el plano práctico, todas las ordenanzas municipales españolas lo exigen, con sanciones que en muchas ciudades no son pequeñas.
Biodegradable no significa lo que parece
Es el término más usado y el peor regulado. Casi cualquier plástico se degrada en algún momento, y eso basta para poner la palabra en el envase.
Lo que sí significa algo es la norma EN 13432, que certifica compostabilidad en condiciones industriales. Búscala en el envase si te importa el asunto.
Y el matiz incómodo: si la bolsa acaba en un vertedero sellado, no se degrada bien ni siendo compostable, porque falta oxígeno. Comprar bolsas certificadas está bien; creer que resuelve el problema, no.
Lo que de verdad importa al usarlas
El grosor. Una bolsa fina se rompe justo cuando no toca. Se mide en micras, y por debajo de unas 15 el riesgo sube mucho.
Que se abran. Suena a broma y es la queja número uno: bolsas de rollo que se pegan y no hay manera de separar el borde con las manos frías.
El tamaño según el perro. Las bolsas estándar se quedan cortas con un perro grande, y acabas usando dos.
Un apunte de salud
Fíjate en lo que recoges. Cambios de consistencia, moco, sangre o presencia de restos blanquecinos parecidos a granos de arroz —que son segmentos de tenia— son motivo de consulta veterinaria. Es la revisión diaria de salud más fácil que existe y casi nadie la aprovecha.

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